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jueves, 15 de septiembre de 2016

La lección de Monte Alverna

De la carta del Ministro General de los Franciscanos,
Fr. Constantino Koser, del 24 de agosto de 1975
En: Directorio Franciscano

24. «Si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo» (Gál 6,14). En la vida del bienaventurado Francisco, la cima del Alverna nos sitúa frente al misterio de la cruz. Comprendemos el profundo contraste de las Llagas con el camino que la humanidad hodierna -como la de todos los tiempos- se empeña en seguir: fuga de la cruz de Cristo, en busca del sueño ilusorio de un paraíso terrenal, lo que contrasta con los designios de Dios. Contra esta ilusión peligrosa, que hoy se cifra en el consumismo desenfrenado e idolátrico, la estigmatización del Alverna constituye un signo y mensaje vigoroso. Los esfuerzos gigantescos y desmedidos que hoy se realizan en busca de ese paraíso son vanos, como lo fueron siempre: sólo son capaces de producir amarga desilusión.

El camino hacia la meta del hombre es muy distinto: está señalizado con la cruz. Es urgente registrar de nuevo esta verdad en nuestra mente y realizarla en nuestra vida. Volveremos a encontrar el camino estrecho (cf. Mt 7,14): su derrotero es opuesto al que prefiere gran parte de los hombres; está codificado en las Bienaventuranzas, en el Sermón de la Montaña.

Estamos quizá habituados al camino ancho y fácil de los falsos profetas. Es hora de pasarse a la senda estrecha de Cristo, al camino de la cruz. De nuevo encontraremos la sana austeridad, la disciplina, el rigor de nuestra vida franciscana, la pobreza -¡la Dama Pobreza!- que san Francisco amó sólo porque la amó Cristo.

25. Pascua de Resurrección. A pesar de todo, la cruz no es la meta, es camino. No hemos sido creados para la cruz, sino para la Pascua de Resurrección.

En la mística de la cruz, en la mística del sufrimiento, de la austeridad, del martirio..., se olvida a menudo esta verdad. A primera vista pudiera parecer que san Francisco la olvidó también un poco. Basta, sin embargo, recordar la importancia que atribuyó siempre a la alegría, pensar en la alegría con que vivió y que no se cansó de proponer a sus hermanos, para comprender que también para él la cruz era camino y no la meta final. Basta rememorar el tránsito de san Francisco para descubrir cuán centrado estaba en la Pascua de Resurrección.

Afortunadamente esta verdad, la referencia de la cruz a la Pascua, ha sido restituida a su primitiva luz y está siendo proclamada con entusiasmo en nuestros días. Es necesario que sea propagada con mayor energía todavía, que sea vivida con mayor fidelidad, sentida con mayor intensidad y practicada con mayor alegría. No sólo se trata de una resurrección futura, de una esperanza, sino de una realidad ya presente y operante, ya cumplida en nuestra vida por el bautismo. Vivimos ya misteriosamente la Pascua de Resurrección; a esta nuestra Pascua le falta la resurrección subjetiva en nuestra vida: vivimos ya, pero todavía no, la Pascua. Entre el ya y el todavía no, se sitúa el camino de la cruz.

26. Verdaderamente ha sido afortunada la disposición de la nueva liturgia de Semana Santa, que ha sabido unir la cruz al «misterio pascual». San Francisco hizo semejante integración de los misterios pascuales; no en los mismos términos ni con la misma modalidad, pero sí en su vida práctica y en su experiencia espiritual.

El serafín alado que se le apareció en el Alverna -uno de los rasgos más vigorosos del signo y del mensaje-, se le presentó crucificado sí, pero con luminosidad de gloria. Lo inundó de alegría, de felicidad inmensa; sin embargo, como el siervo de Dios estaba todavía en camino, las Llagas le fueron dolorosas y aún sufrió esta crucifixión dos años. Durante estos dos años experimentó agonía y abandono, vivió la prueba de los sufrimientos corporales, y la terrible oscuridad de las noches místicas. Agonía y oscuridad que se trocaban en luz y gloria, en alegría profunda e indecible que jamás lo abandonaba. Repetidas veces lo recuerdan sus primeros biógrafos. Esta alegría provenía del sentirse asimilado a Cristo en el camino de la cruz, y de saber que de esta manera se aproximaba a la resurrección del Señor. La muerte fue para él un verdadero tránsito de esta vida a la perenne, en la esperanza de la resurrección del cuerpo.