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martes, 4 de octubre de 2016

Entrevista a San Francisco de Asís

Por Gabriel López Santamaría, ofs

Fue una tarde, hace 789 años. Giovanni di Pietro Bernardone, rodeado de sus mas queridos hermanos pedía ser puesto en tierra. En aquella pequeña capilla, restaurada por sus propias manos, el Santo, siempre sobre la tierra desnuda, entregaba su alma al Buen Dios.

Hace algunos años, cuando decidí iniciar esta web, me pregunté lo mismo que fray Maseo ¿por qué Francisco? ¿por qué todos van detrás de ti? (Florecillas 10) La respuesta era simple: porque Francisco encarna nuestras más altas aspiraciones, aquello que quisiéramos ser y no nos atrevemos (si, no se trata de no poder sino de no atreverse). Encarna la fraternidad, la humildad, el respeto a la creación y el amor al Creador.

Pero hoy quisiera preguntarme ¿en que pensaba Francisco? Que pensaba cuando, un buen día, decidió dejar todo por lo que muchos hombres matarían: dinero, poder, fama.

¿Francisco, en qué piensas? le pregunte y el me respondió: pienso en que el hombre solo es lo que es delante de Dios, nada más. Pienso que si nos detenemos a mirar las maravillas de la naturaleza que nos rodea solo podemos exclamar cuan grande es Dios. Pienso que todos, no importa lo que creamos o lo que hagamos, somos hermanos. Que toda vida merece ser vivida, aun en las mayores dificultades.

Pienso que Dios nos creo con la capacidad para hacer casi cualquier cosa. No hay nada más fuerte que el alma humana.

Pienso que se puede ser feliz sin tener nada. Las cosas materiales y el deseo de ellas nos quitan la libertad, nos obligan a “custodiarlas” y “perseguirlas”. Yo he sido feliz dejándolo todo, sin nada.

Pienso que la oración es necesaria pero que Dios nos quiere en el mundo, trabajando. Que la paz debe estar primero en nuestro corazón para que luego podamos predicarla y proclamarla.

Pensé que la mejor manera de predicar el Evangelio era con las obras y me fui entre los pobres, los “menores” de mi tiempo. Comencé haciendo lo que era necesario, después lo que era posible y, de repente, me vi haciendo cosas imposibles.

Pensé que la celda de mi claustro, era mi cuerpo y mi alma, el ermitaño que habitaba en ella, por eso me fui por el mundo, buscando a mis hermanos y haciendo presente a Cristo entre ellos.

 Pensé que el verdadero poder estaba en el Servicio, porque Cristo nos dijo que El vino a servir, no a ser servido, y me fui a limpiar las heridas de los leprosos y a vivir entre los pobres.

Pienso que el Reino de los Cielos comienza en esta tierra y que hay que trabajar para hacerlo presente.

Pienso que debemos ser instrumentos de paz, que no debemos sembrar envidias, rencores, maledicencias.

Pensé muchas cosas pero solo me limite a seguir el Evangelio. Allí estaba todo lo que necesitaba saber. Solo hice lo que allí decía.

Francisco nos ha marcado el camino. Nos ha mostrado que es posible vivir el Evangelio. Que no son palabras bonitas. Que la santidad esta a la mano de todos, solo hay que intentarlo y pedir la fuerza del Espíritu Santo.

Francisco, hoy como ayer, sigue atrayendo miradas. Sigue despertando admiración. Pidamos, por su intercesión, dejar de admirarlo y comenzar a imitarlo.

¡Paz y Bien!




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