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viernes, 23 de diciembre de 2016

Navidad de San Francisco de Asís 1223. El relato de Tomás de Celano

El relato de Tomás de Celano, escrito en los últimos meses de 1228 o primeros de 1229, esencialmente dice así:
nº 84.- Unos quince días antes de la navidad del Señor, el bienaventurado Francisco llamó (a Juan, hombre de buena fama y de mejor tenor de vida), como solía hacerlo con frecuencia, y le dijo: “Si quieres que celebremos en Greccio esta fiesta del Señor, date prisa e ir allá y prepara prontamente lo que yo te voy a indicar. Deseo celebrar la memoria del niño que nació en Belén, y quiero contemplar de alguna manera con mis ojos lo que sufrió en su invalidez de niño, cómo fue reclinado en el pesebre y cómo fue colocado sobre heno entre el buey y el asno.
nº 85.- Llegó el día, día de alegría, de exultación. Se citó a hermanos de muchos lugares; hombres y mujeres de la comarca… Llegó, en fin, el santo de Dios, y viendo que todas las cosas estaban dispuestas, las contempló y se alegró. Se prepara el pesebre, se trae el heno y se colocan el buey y el asno. Llega la gente, y ante el nuevo misterio, saborean nuevos gozos…. El santo de Dios está de pie ante el pesebre, desbordándose en suspiros, traspasado de piedad, derretido en inefable gozo. Se celebra el rito solemne de la misa sobre el pesebre y el sacerdote goza de singular consolación.
nº 86.- El santo de Dios viste los ornamentos de diácono, pues lo era, y con voz sonora canta el santo evangelio… Luego predica al pueblo que asiste…

Por lo que nos cuenta Celano, vemos que Francisco no pensó en montar un Belén tal como lo entendemos hoy, la simple representación de un hecho histórico. El, sobre todo, había querido recrear las condiciones para un encuentro real con el misterio de la Encarnación del Señor (quiero contemplar con mis propios ojos). En el pesebre no había un niño, sino que sobre el mismo pesebre se celebra el sacrificio eucarístico, porque para Francisco, ambas realidades, Eucaristía y Encarnación, le llevaban al mismo lugar: el de la elección hecha por Dios que se humilla para salvar al hombre.

El pensamiento de Francisco está suficientemente claro y muy en relación y sintonía con el de muchos otros autores espirituales de su tiempo. “Ved que diariamente se humilla, como cuando desde el trono real vino al seno de la Virgen; diariamente él mismo viene a nosotros en humilde apariencia; diariamente desciende desde el seno del Padre al altar en manos del sacerdote” (1º Aviso Espiritual, 16-18).

La eucaristía perpetúa, por lo tanto, la Encarnación de Cristo en la historia, y al mismo tiempo exige que, como Cristo, sepamos expropiarnos de todo, sin retener para nosotros nada de nosotros mismos.

Así lo proclama Francisco, a voz en grito, en un párrafo lleno de lirismo de la Carta a toda la Orden: “¡Tiemble el hombre entero, estremézcase el mundo entero y salte de gozo el cielo cuando Cristo, el Hijo del Dios vivo, se encuentra sobre el altar en manos del sacerdote! ¡Oh admirable celsitud y asombrosa condescendencia! ¡Oh sublime humildad! ¡Oh humilde sublimidad, que el Señor del universo, Dios e Hijo de Dios, se humilla hasta el punto de esconderse, para nuestra salvación, bajo una pequeña forma de pan!. Mirad, hermanos, la humildad de Dios y derramad ante él vuestros corazones; humillaos también vosotros, para ser enaltecidos por él. Por consiguiente, nada de vosotros retengáis para vosotros mismos, para que enteros os reciba el que todo entero se os entrega” (Carta a toda la Orden, 26-29).

Expropiarse de todo, incluso de toda esperanza en relación con los demás. Es todo lo que el Santo le pide a un cierto Ministro, invitándole a juzgar como gracia todas las contrariedades que eran para él un impedimento para amar a Dios. “Y quiérelo así y no otra cosa. Y sea esto para ti verdadera obediencia al Señor Dios y a mi, pues sé firmemente que esta es la verdadera obediencia. Y ama a los que esto te hacen. Y no quieras de ellos otra cosa, sino lo que el Señor te dé. Y ámalos precisamente en esto, y no quieras que sean mejores cristianos. Y sea esto para ti mejor que vivir en un eremitorio” (Carta a un Ministro. 3-8)

En la Navidad de 1223 Francisco quiere recordar a todos, una vez más, esta realidad, representándola visiblemente a los habitantes de Greccio. No podemos olvidar que Francisco gustaba escenificar, incluso sus predicaciones, utilizando frecuentemente los gestos y la mímica. Dios nacía una vez más, como en Belén, humilde y pobre, y pedía a los hombres que siguieran su ejemplo y sus huellas. El misterio de la Encarnación y el Sacrificio Eucarístico, sólidamente unidos en la celebración preparada por Francisco (es importante subrayar que la eucaristía se celebra sobre el pesebre) atestiguaban la irrevocable elección de campo por parte de Dios, que “ ..siendo sobremanera rico, quiso escoger la pobreza en este mundo, junto con la bienaventurada Virgen su Madre” (2ª Carta a todos los Fieles, 5)

El mismo Celano nos dice expresamente que “tenía tan presente en su memoria la humildad de la Encarnación y la caridad de la Pasión, que difícilmente quería pensar en otra cosa” (1Cel.84).

Giovanni Miccoli en su profundo análisis de los escritos de Francisco nos dice: “La Encarnación encuentra su cumplimiento en la Pascua: en la cena, con el ofrecimiento del pan y el vino – que se perpetúan en forma de sacramento, hasta el final de los tiempos -, en la pasión y muerte, con la total sumisión del Hijo a la voluntad de Padre: “Padre, hágase tu voluntad, no lo que quiero yo”. La cruz, el sacrificio de la cruz, es signo y símbolo de la total sumisión, y al mismo tiempo el punto de llegada de la lógica que lleva consigo la Encarnación. La Encarnación, en definitiva, es la premisa, no sólo temporal sino lógica, de la cruz. La cruz desvela el sentido profundo de la Encarnación” [Miccoli, La proposta cristiana, p. 57].

“Llegó el día, día de alegría…. hombres y mujeres de la comarca, rebosando de gozo, prepararon, según sus posibilidades, cirios y teas para iluminar aquella noche que, con su estrella centelleante, ilumina todos los días y años”. Era costumbre y práctica habitual reforzar la iluminación de las iglesias, sobre todo catedrales y abadías importantes, durante la noche de Navidad, con el fín de presentar a los fieles el fulgor del acontecimiento. Son muchos los testimonios que se encuentran en la documentación litúrgica del tiempo. Sólo me voy a fijar en una fuente del mismo tiempo, escrita en 1213 por Luca de Casamari, durante algún tiempo secretario de Joaquín de Fiore, y desde 1203 arzobispo de Consenza. En su obra Liber usuum Ecclesiae Cusentinae, nos dice que en esa catedral, el altar de San Juan Bautista, donde se celebraba la misa de la media noche, debía ser iluminada de modo muy especial, añadiendo candelabros de hierro y antorchas, incluso debían encenderse doce velas en las ventanas inferiores, para significar la alegría de la claridad que en aquella noche había envuelto a los pastores; toda esta iluminación debía permanecer durante las tres misas prescritas para el día de Navidad.

Los vecinos de Greccio actuaron según la costumbre del uso litúrgico. Y vista la representación y escuchadas las palabras de Francisco, que habló con palabras que vierten miel, la gente entendió el mensaje y volvió a sus casas llena de alegría.” (nº 86).

Es necesario repetirlo, Francisco no quería una representación del Belén. Otra cosa es la gran influencia que ha ejercido sobre la historia esta celebración de Greccio. Julián de Espira, en su Vida de San Francisco, y San Buenaventura en su Leyenda mayor, repiten esencialmente el texto de Celano. San Buenaventura precisa que Francisco había pedido al Papa la oportuna licencia para poder tener esta particular celebración, para poder celebrara la Eucaristía en un altar portátil.

¿Cómo justificar, entonces, la permanencia en el tiempo de este equívoco que ve en la celebración de Greccio el primer Belén de la historia y a Francisco como el inventor de esta piadosa tradición?

Realmente se trata de una creación moderna. Hay que decir que en todo el medioevo no encontramos ni huella de esto, es decir de la celebración de un Belén, como lo demuestra el hecho de que para encontrar una afirmación explícita de la celebración de un Belén, hemos de esperar al año 1581, cuando un franciscano español que vivía en el convento de Araceli, en Roma, llamado Juan Francisco Nuño, escribe: “Este milagro adquirió tanta fama que en Italia se representa el Belén, no sólo en nuestros conventos, sino también en las iglesias seculares y especialmente aquí en Roma se representa en Santa María de Araceli, el principal convento de la Orden”. (Manuscrito 51 del Archivo del convento de San Francisco de Ripa, en Roma)

Sin embargo, el equívoco sigue y con ello se endulza de tal manera la celebración de Greccio que se la priva de mucha de su fuerza original, a mi parecer.

Además, como cuando uno quiere hablar un tema y acercarse un poco más a las fuentes, ordinariamente no se acude al texto original latino, sino a las traducciones. Y las traducciones parecen hechas a propósito para seguir alimentando el equívoco. De hecho, el texto latino titula este capítulo XXX de la 1ª Celano: Del pesebre que hizo el día del nacimiento del Señor, traducido al pie de la letra. Sin embargo en muchas de las traducciones se nos habla del Belén. Hoy, con la publicación de la edición crítica de las Fuentes Franciscanas, ya hay más uniformidad y suele traducirse simplemente: El pesebre de Greccio. Sin embargo, en los Escritos y Biografías publicados en la BAC todavía siguen traduciendo, El pesebre que preparó el día de Navidad. Es decir, se insinúa lo de la Navidad y para nuestra mentalidad, Navidad y pesebre, tienen ya un significado muy concreto. Para nada hacemos referencia al Eucaristía, sino a representación del Belén, y más de nuestro tiempo, representación de un Belén viviente.

Conclusión: Con todo lo dicho no quiero ni cambiar nada, ni descubrir nada nuevo, simplemente hacer resaltar que Francisco de Asís no es el primero en montar un Belén, tal como lo entendemos hoy, sino que su celebración en Greccio, fue más una celebración eucarística que un recuerdo histórico; que con aquella celebración quería recordar a todos que la Eucaristía y la Encarnación están muy unidas. Tan unidas que la Eucaristía es la celebración sacramental de la Encarnación, que la Eucaristía prolonga en el tiempo, todos los días, la Encarnación de Dios, el misterio de la humillación del Dios que se acerca diariamente al hombre. La Eucaristía es, así vivida y celebrada, la eterna Navidad. Y Francisco escenifica esta celebración porque “quiero contemplar con mis propios ojos” las privaciones y los padecimientos del Hijo de Dios, hecho niño, como un niño cualquiera, para acompañar al hombre: “Yo estaré con vosotros todos los días”.

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